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Propósitos de año nuevo

El tiempo pasa tan rápido que sin darme cuenta el 2018 se me ha echado encima, y yo sin maquillar. Los días de 2017 creo que han sido demasiado cortos, pues 12 meses no han sido suficientes para lograr aquello que buscaba, aunque no mentiré, las cosas importantes sí han estado presentes.

Cada 31 de diciembre, nos comemos las uvas pensando “este va a ser mi año” y, tras esos 365 días de viaje, nos damos cuenta que atrás quedaron aquellas metas que pusimos y jamás cumplimos.

Hoy estreno propósitos, creo que nunca había hecho una lista, pues era realista, no iba a dedicar el esfuerzo suficiente para cumplirla, pero ahora, y como ya os adelanté hace unos meses, me encuentro en tiempo de descuento, a medio camino entre los veinte y los treinta, y esto ya es serio.

La lista no es demasiado extensa, y empieza con un “ver más a mi abuela”. Pensaréis “que chica más rara, pues que coja el coche y coma un día en su casa, como todo Dios”. Las cosas a veces no son tan sencillas, y esos 700km pesan demasiado.

Seguimos la lista con un “aportarles felicidad”. No quiero ser feliz sola, como dice la voz en off del anuncio de la lotería, “el mayor premio es compartirlo”. Mi felicidad es la de los míos, por eso, otro de los propósitos es regalar felicidad.

Este es un poco más complicado. Escribir el mejor discurso jamás oído, pues ella lo merece, y porque no, él también. Ser la hermana de la novia es toda una responsabilidad y, por una vez en la vida, quiero hacer algo que merezca la pena ser escuchado.

Comer, viajar y reírme con ellos, mis amigos, mis confidentes, mi familia. Los amigos son la familia que elegimos, que aceptamos y que queremos. Hermanos de distinta madre, compañeros de aventuras pero, sobretodo, el apoyo en los malos momentos.

Luego está él, mi parte, mi todo. Este sí va a ser su año, lo sé, y por eso al 2018 le pido estar a la altura. Trabajar juntos, luchar juntos y hacer que su sueño se cumpla, ese es mi objetivo, al fin de cuentas, somos uno.

Por último, algo que describo entre un propósito y un deseo feroz, volver al periodismo. Ser algo no significa sentir que lo eres y, ese fantasma me ha acompañado durante todo 2017. Volver, informar, debatir, contrastar… resurgir cual Ave Fenix, echar el vuelo, sentirme viva.

S.O.

La ilusión es lo último que se pierde

De repente ocurre, todo cambia y es que nunca has perdido la ilusión, por lo que ésta no te ha dejado de lado. No hay nada como ilusionarse, y por eso, yo me ilusiono con casi todo. Llamadme niña, pero prefiero ser así, buscar aquello que me hace feliz, ir al límite y disfrutar de esa maravillosa sensación, porque es verdad, la ilusión es lo último que se pierde, y solo si la dejas marchar.

Son días de muchos reencuentros, no seré yo quien os diga que me emocionan los anuncios de Navidad, no, no lloro con el anuncio del Almendro, lo siento, me parece frío y artificial, pero sí juego con las hojas, me pongo nerviosa, en plan bien, pensando en la cara de mi gente cuando abran ese regalo que compré pensando en ellos, hace más de dos semanas, hay que ser previsora. Nadie se puede quedar si su detalle especial, ese que le saca una sonrisa por la que merece la pena llorar.

Al hablar de Navidad todos decimos que es tiempo de compartir, y me pregunto ¿y por qué no hacerlo todo el año? Compartir abrazos, sonrisas, miradas cómplices que hablan por sí solas y dicen “te lo mereces, has trabajado muchísimo, y eso, es fruto de tu esfuerzo”.

La pasada semana, tuve esa sensación de la que os hablo. Un proyecto, mucho tiempo invertido y una inauguración de diez, me sacaron esa risa tonta. El resultado era fabuloso, y yo me alegraba tanto por ellos que me moría de ganas de contarles a todos que ellos, los que lo habían hecho posible, eran míos en cierta parte.

Luego está él, mi parte, mi todo. No se da cuenta, pero lo admiro y lo quiero a partes iguales. Echo la vista atrás, han pasado ya diez años, hemos avanzado juntos, nos hemos caído y sobretodo nos hemos ayudado a levantarnos. Retroalimentación, esa es la palabra. Él llena de ilusión, constantemente, mi vida con sus logros, con su actitud. ¿Y yo?, yo, bueno al menos lo intento, estoy a su lado para ser el lado fuerte de su lado izquierdo. Cosa de dos.

“Tú vas a ser la damita” eso bastó para que mi sonrisa no se apague. Nos hace tanta ilusión a todos, también a ellos, mis pilares, mis padres, que de tanto trabajar a veces se olvidan de soñar. Organizar lo más mínimo les da alas, y si ellos vuelan, lo demás no importa.

Sé un niño, busca aquello que te ilusione y hazlo tu escudo, tu base, tu vida, Recuerda, todos los días puedes cambiar el rumbo y levantarte con un “érase una vez un nuevo comienzo”.

La vida en sabores

Aquellos que me conocen saben que tengo pocos imprescindibles pero, el comer es uno de ellos. Nos pasamos los días contando calorías, yo la primera, sin recordar los sabores de nuestra vida, y en mi caso son muchos. Pensaréis, ¿esta solo se dedica a comer? Pues no, pero ojalá, dado que no recuerdo ni un solo momento malo alrededor de una mesa.

Con la llegada de la Navidad muchos se agobian al pensar los kilos que se van a echar encima y sienten angustia al recordar esas mesas repletas de comida, lo peor es que no gastan esa fantástica memoria para darse cuenta que entorno a esa fiesta de la gastronomía se encuentra gente a la que quieren mucho.

Y es que, aunque no nos demos cuenta, todos podemos hacer un pequeño recopilatorio de los saberes de nuestra vida. Cierro los ojos e inicio ese recorrido. Desde el inicio apunté maneras, nací pequeña pero con mucha hambre. Mi primer recuerdo, el pescado con un poco de aceite y limón, una bobada para muchos aunque para mí, un todo, pues quien lo pescaba era mi padre.

El viaje sigue, y si quieres puedes acompañarme. Las tardes de bizcocho de huevo con una tableta de chocolate para merendar. Mi abuela siempre pedía merengue, a mi hermana y a mí no nos gustaba, pero el bizcocho, eso era otra cosa.

El camino es largo, y los sabores muy variados. Naranja, limón, fruta de la pasión, zanahoria, todo eso lo mezclas junto a otras muchas frutas y el resultado, un zumo, el que todos los veranos tenía preparado mi abuela en Lasarte para que mis primos, mi 99% -así llamo yo a mi hermana- y yo comiéramos, sí, han leído bien, para comer, y nosotros encantados.

Pero para cosas simples y perfectas, la carne que preparaba mi abuelo con su enorme sonrisa. Carne, cebolla, aceite, vinagre y aceitunas negras, una receta simple que nadie puede igualar, nunca ha vuelto a ser lo mismo. Cuando lo intentamos, y parece que nos sale similar, esa sonrisa vuelve. Lo dicho, perfecta.

El verano da para mucho. Levantarte temprano, ponerte el bañador y salir corriendo mientras tu tía prepara los sandwich del almuerzo. Arena, mar, baños interminables, y como resultado, un hambre terrible y un bocadillo que estaba más bueno que nunca.

Cuando hablamos de distancia las cosas incluso se magnifican. El arroz meloso de mi madre, ese que olía a mar, a gamba roja, a cariño, desde que me bajaba de coche tras llegar de Madrid. Ella sabía que estaría deseando comer algo muy suyo, no hacía falta pedirlo, y ese sabor, el del primero tras un tiempo fuera de casa, no se me olvida.

Las primeras palomitas con él en el cine, fíjate, hace casi 10 años y nunca han vuelto a estar tan buenas. Cacahuetes, aceitunas y unas cervezas junto a ellos, mis amigos. Rosquillas con naranja, queso de Idiazabal, todos tienen un hueco.

Los años pasan, y seguiré poniendo sabor a la vida, pues insisto, un buen recuerdo puede llevar sal y pimienta

S.O.

símbolos y banderas

Símbolos

Nos gusta etiquetar las cosas, y en ese afán hemos llegado a etiquetar a las personas. El qué somos es más fuerte que el conjunto. Un error camuflado bajo banderas. Una falsa sensación de patriotismo arropada por la tela de nuestros colores constituyentes.

Mi bandera, tu bandera, nuestra bandera. Teñimos el agua de las fuentes, desobedecemos las leyes, izamos la nuestra, quemamos la suya. No podemos ser uno, pues el simbolismo es más fuerte que nuestras ganas de socialización. Si no eres como yo, no eres de los míos. Desgarrador.

Nos deshumanizamos a una velocidad increíble. Nos da igual el dolor que causamos si está justificado por nuestras ideas, unas ideas a las que les hemos añadido color. Rojo, amarillo, azul, blanco, da igual, hemos hecho de un símbolo de unión una herramienta de lucha.

¿Sabéis?, yo sí estoy orgullosa de mis banderas, y digo mis porque no tengo una, tengo muchas. Todas ellas me dan fuerza en los malos momentos, todas representan a partes importantes de mi vida. La Ikurriña, la Senyera, la Rojigualda, la Tricolor, todas y cada una de ellas suman.

Valencia, mi hogar, mi tierra, donde he crecido, he caído y me he vuelto a levantar. Capital de la resistencia Republicana. Donosti, mi segunda casa, mi abuela, el peine del viente, y allí, donde las olas le cantan al mar, él, uno de los hombres de mi vida, mi abuelo. España, mi base, un lugar maravilloso en el que ser feliz.

Un cruce de caminos el mío, ¿verdad? Tendré que aprender punto de cruz para poder unirlas todas. Hacer de sus colores mi propio símbolo, pues no estoy dispuesta a renunciar a ninguna. Y sí, con esto reivindico mi derecho a no tener que decidir. Soy y seré todo lo que quiera, pues el amor no tiene representación física alguna.

Os voy a hablar de mi bandera. Mi bandera está formada por las mañanas bajo el edredón junto a él o las mil horas de confidencias con mi hermana, un vino y unas aceitunas que te alegran un mal día. Ver a mis padres felices, que la sonrisa de mi abuela no se apague nunca. Un abrazo de mis tías después de casi un año sin vernos, una tarde con mis primos. El lugar me da igual. En el norte o en el sur, con Senyera o Ikurriña me siento en casa.

Estoy segura que muchos pensarán que no entiendo nada, que me salté las clases de historia, que mis bases políticas son malas, y a mí, me da lo mismo. La historia la hemos escrito juntos, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Mi historia me gusta, me siento orgullosa de ella, y mucho más importante, de todos los que forman parte de ella, con sus diferencias, con sus ideales. Todos ellos son mi bandera, y no hay más.

S.O.

la belleza y el maquillaje

Belleza

Me siento en el sofá, la tarde ha sido poco productiva, debía ir al gimnasio pero el frío y la desgana ganaron el pulso a la motivación. Ya hemos cenado, toca escoger que ver en la televisión, por eso de hacer tiempo antes de acostarte, y entonces lo veo, Samantha y la belleza.

Guapos, feos, gordos, flacos, bellos…demasiados adjetivos. El programa inicia con una pregunta que creo que todos, bien sin hacerlo público o en un debate con gente de confianza, nos hemos planteado: ¿cirugía estética sí o no?

La belleza, que concepto más ambiguo. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar qué es bello? ¿somos artificiales? Creo que jamás nos pondremos de acuerdo. La belleza no está en los ojos, sino en la educación que hemos absorbido, pues no todo la que se nos da la cogemos.

El programa, muy recomendable la verdad, muestra a niñas de seis años hablando de qué es bello, maquillándose y acudiendo a un pequeño spa para sentirse “princesa” gracias a peinados, pasarelas, esmaltes de uñas y maquillaje, mucho maquillaje.

¿Las niñas lo llevan dentro? ¿es una reacción natural o provocada? Yo también fui niña, y no recuerdo tener la necesidad de pintarme los labios para sentirme guapa y, mucho menos, tener la necesidad gustar a nadie, pues aquellos que me importaban, mi familia, me veían la más hermosa de todas las niñas.

Con la Navidad a la vuelta de la esquina, las tiendas de juguetes se preparan para vender kits de maquillaje para niñas, ya saben, aquellos con sombras verdes y moradas, y barras de labios mini anaranjadas con brillo y un toque de purpurina. Nadie obliga a comprar cosméticos a niñas de cuatro, cinco o seis años, pero se venden.

Como he dicho antes, la belleza es un concepto muy ambiguo. Hay muchos tipos de belleza, y yo destaco dos, belleza física y belleza intelectual. Aprender a respetar y amar la segunda es una carrera de fondo y me da a mí que, ahora, sobretodo en las niñas, esa carrera la iniciamos tarde y siempre llegamos a meta fuera de tiempo.

Hablemos de belleza física. Una persona bella es sexualmente atractiva pero solo eso, alguien con la que compartir horas pero no días. La belleza intelectual es aquello que hace que todo sume, aquello que hace que pases de ser “del montón” a ser alguien con quien compartir tu tiempo, tu espacio, tu vida.

No quiero engañaros, soy la primera que no sale a la calle sin su ralla del ojo hecha y los labios pintados, de esas que controla su peso, hace dieta si es necesario y no deja pasar más de dos meses sin ir a la peluquería, aunque también, soy de las que lee el periódico todos los días, le interesa la salud, la educación y el bienestar. El colorete vino después, y eso es algo que siempre agradeceré a mi madre.

Mi madre, una mujer preciosa que a penas se pinta y sigue siendo preciosa. Con sus imperfecciones, sus primeras arrugas, sus curvas, preciosa por fuera y, mucho más importante, eternamente bella por dentro.

La belleza de las arrugas de mi abuela. Ochenta años reflejados en cada pliegue, en cada mancha. Su piel narra una historia, su historia, la de mi madre, la mía, y la de mi hermana, la de mis futuros hijos. Pura belleza imperfecta, la más bonita.

S.O.

educación

¡Oh profesor, mi profesor!

Los patrones suelen ser mártires, lo que me extraña es que José de Calasanz no lo fuera. Hoy 27 de noviembre es el Día de maestros y profesores, grandes héroes de la historia, aunque muchos no os lo creáis.

Los tiempos han cambiado, diciendo esto parezco mi padre cuando habla de las tardes en el merendero, lo malo de todo ello es que los tiempos, mis tiempos, han cambiado a peor.

Recuerdo un día de lluvia, las calles inundadas, un frío terrible y, lo peor, sin colegio. Solo tenía seis años, veía correr el agua por la acera y me quejaba porque no podía ir al cole. Mis amigos, los cuadernillos Rubio de escritura y los lápices de colores me parecía un plan fantástico para un miércoles por la mañana. Llegar a casa, secarte el pelo, quitarte las botas, que tu madre te diera la merienda, si era calentita mejor, y contarle todo aquello que habías aprendido. Un sin fin de felicidad.

Volvamos al 2017. Abrimos la etapa de infantil. Los pobres, y sí, digo pobres porque lo pienso, maestros se encuentran ante un veinte niños maleducados, y un tanto arrogantes, con poca o ninguna gana de hacer algo productivo, y digo más, esa poca gana la manifiestan mediante gritos, y el posterior llanto cuando no les das lo que quieren. Pocos acaban en el psiquiátrico, ya te lo digo yo.

La primaria llega, y con ello el asunto no mejora. El malcriado es mayor, y la cosa se sale de madre. Ganas de estudiar, las justas, total las malas notas no vienen dadas por la falta de estudio, sino porque, “el profesor le tiene manía”. La respuesta de los padres “mi hijo tiene razón” que es algo así como “le daré la razón al niño, pues este fin de semana hemos quedado para irnos de ruta y si lo castigo se me estropea el plan”, y de premio el FIFA nuevo , que lo tienen todos los de la clase.

Y si creíamos que esto era lo peor, la secundaria acaba con todo atisbo de esperanza. Ellas, más preocupadas por su imagen que por su futuro, quieren ser tronistas. Ellos repartir flyers de discoteca y vivir eternamente de fiesta, eso sí, con cochazo y bien de gomina.

Cuando analizas todo esto hay muchos que dicen “la educación que es de mala calidad”, “los maestros son los culpables, antes la escuela no era así”, y digo yo, ¿en la escuela se educa o se enseña? El problema está en la base, den gracias que aun hay gente que, por pura vocación, se levanta cada mañana e intenta encarrilar a esos trenes sin conductor que se dirigen directos al acantilado.

Hoy me encuentro aquí, recordando mi paso por la escuela, por el instituto, por la universidad, y solo me sale una palabra, gracias. Gracias a todos aquellos docentes que me encontré por el camino, de todos aprendí algo, algunos dejaron huella.

S.O.

La Navidad, fiesta de claroscuros

Luces, árboles, y regalos, la Navidad se acerca. El Black Friday, los tradicionales encendidos de luces y Mercadona con sus roscones tempraneros de Reyes “sin relleno”, todo un detalle, pues hasta enero igual se nos pone malo, nos recuerdan que, la fiesta más familiar y consumista, está a la vuelta de la esquina.

La poco tradicional Barcelona ilumina sus Rambles con adornos navideños que no dejan indiferentes a los turistas que pasean por sus calles con la firme convicción de ser unos valientes que atraviesan las luces en una zona donde hace unos meses solo había oscuridad, un momento mágico que recordarán en sus respectivas cenas de Nochebuena, frente al pavo y las gambas rodeados de aquellos que más quieren.

Al final es eso. La Navidad es tiempo de reencuentros, del anuncio del Almendro con el hijo misionero que vuelve junto a su flamante labrador a casa cuando nadie lo esperaba, la madre y la abuela rebosan felicidad, todo es perfecto, al menos en los anuncios.

Todo esto está muy bien, y yo soy la primera que se sube al carro de, “¡qué bonito todo! Me voy a por el árbol más grande y un kilo y medio de bolas de colores y guirnaldas”. Pero, ¿la Navidad es solo eso?.

Cada año, millones de personas pasan estas fiestas solos, entre recuerdos que les llevan a momentos maravillosos y aumentan su sensación de soledad y tristeza. La televisión, y el ajetreo en las calles, les anuncian que ha llegado la fiesta de la familia, y ellos, no lo van a compartir con nadie. Son las 21.30h, los pequeños empiezan a llegar, la vecina sale a su encuentro, es momento de buscar cobijo bajo la manta, los días son más cortos y menos tristes cuando duermes.

El frío es parte de la fiesta, cuanto más, mejor. Las estufas, chimeneas y la calefacción trabajan duro. Las calles heladas, las luces a medio gas, y bajo ese manto de tristeza, ellos, arropados con cartones, invisibles, solos.

La noche transcurre con normalidad. A ti, como de costumbre, te ha tocado sentarte al lado de la típica prima que no te deja ni una sola gamba, y piensas “el año que viene no me pasa”. Los niños, inquietos, rozando el pesado, esperan a “Papá Noel” un señor con barba, gafas, un trineo y unos cuantos renos voladores, directo desde Laponia cargado de juguetes.

Los pequeños repasan lo ejecutado. ¿Carta? sí, ¿dirección? correcta. Perfecto, nada puede fallar, en unos minutos el anciano simpático dejará sus juguetes bajo del árbol, y hará de la Navidad su fiesta favorita.

Mientras, en otras casas, los pequeños cenan pechuga de pollo y patatas fritas. Se entretienen con los villancicos de la televisión,  sabiendo que, un año más el callejero que venden en Laponia no lleva su dirección. No pasa nada, con poco se conforman. Esta noche, las patatas llevan ketchup.

S.O.