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El proyecto

Siempre he sido una idealista. Tengo casi treinta años y creo que me he caído tantas veces como he conseguido levantarme. La balanza está equilibrada, aunque siempre me muevo entre esa fina línea entre el vacío y el cinturón de seguridad, me gusta, en cierto modo.

Hoy me he preguntado a mi misma, lo hago mucho, ¿lo estoy haciendo bien? yo, la inconformista, la soñadora, la que le faltaban alas pero intentaba volar sin arnés ni colchoneta. Con treinta me imagina triunfando, en primera línea de noticia, con un chaleco reflectaste que pusiera bien grande Press, pero no ha sido así. No me malinterpreten, tengo un buen trabajo, me gusta el contacto cercano con el entrevistado, aunque eso suponga que mi único y mayor fan sea mi padre, bueno y mi madre, la reina del Facebook, la que siempre encuentra un hueco para decir lo guapa que está su hija micrófono en mano. El periodismo local es genial, aunque en ocasiones un tanto desagradecido, tal vez sea por la confianza, vete tú a saber.

Nos volvemos egoístas, que no inconformistas, como muchos quieren afirmar. Egoístas por pensar que jamás tenemos suficiente, que queremos el aplauso continuo y la palmadita en la espalda diaria, pero ahora, yo una idealista nata, me he convertido en una disfrutona. Disfrutona, voy a pedir a la RAE que la incluya en el Diccionario de la Lengua Española, me gusta mucho más que zasca o casoplón, y el triple que asín, que simplemente con leerlo me duelen los ojos. Pero, volviendo al tema, me he vuelto disfrutona de sonrisas, de momentos, de dulces esperas.  Soy una feliz soñadora que ha cambiado sus objetivos vitales con cada caída, con cada rechazo, con cada volver a empezar. He aprendido que lo importante no es lo que consigues, sino lo que conservas y lo que mejoras. Somos nuestro mejor proyecto, y créanme cuando les digo que, la casa me está quedando preciosa. 

Un sprint de 100 metros

¿Qué es la felicidad? creo que esta pregunta nos la hemos planteado tantas veces que llega a ser incluso pesada. Este no será un post de eso eternos, creo que es innecesario, y siendo mi lema de vida “demasiados adjetivos” bueno, ese y otros mucho menos sofisticados que no diré aquí, ya sabéis, no me gustan los eufemismos, sería un poco raro eso de extenderme.

Nos pasamos la vida buscando la felicidad y en ocasiones no dejamos que esta nos alcance. Me divierten los anuncios de la tele, esos que nos dicen que “la felicidad son momentos”, y lo respeto, pero lo comparto a medias. La felicidad no es una caja de bombones, ni tampoco una puesta de sol en Hawaii, o eso creo yo.

Somos felices por los que tenemos, y no por lo que tenemos. Mi felicidad es esa puesta de sol, esa caja de bombones o esa botella de vino a media tarde porque sí, pero lo es por ellos. Somos todo lo felices que nos hacen sentir aquellos que comparten esos momentos con nosotros.

Hace poco menos de una semana pensé que la felicidad jugaba conmigo, que me dejaba acercarme, rozarla y, después, se metía un sprint de 100 metros, algo que me dejaba en muy mal lugar, estoy en baja forma, no había manera de alcanzarla. El día no tenía sentido, las ganas de llorar aumentaban y es entonces cuando ese pensamiento llamaba a la puerta “¿será mi destino? quizá no esté hecha para ser feliz”. Tonterías.

De repente lo entendí. Aquellos que me quieren secaron las lágrimas para convencerme de que lo mejor estaba por llegar, que la clave es no rendirme nunca. Ellos, con sus risas, sus abrazos, sus tardes de paseos por el centro o sus noches de película y palomita, consiguen que aquí ,una pobre chica de complexión poco atlética, se disfrace de Usain Bolt y le diga a la cara y bien alto a la felicidad “chúpate esa, pues conmigo tú no vas a poder”.

S.O.

Septiembre

Son las ocho de la tarde y parece que en esta esquina del sofá nada ha cambiado, pero sí lo ha hecho, vaya si lo ha hecho. Los días son distintos cuando cumples veintitantos.

Los primeros días de septiembre me recuerdan a esa emoción contenida, al primer lunes de colegio, al volver a empezar, dar inicio a algo nuevo y, creo que es eso lo que echo de menos.

Ese olor a libro nuevo, era todo plástico, y pensar, “no se de que árbol lo habrán sacado, esto papel no es, y si lo es no es del bueno”. Estrenar lápices, bolígrafos, libretas, etc. Colores, post-it, siempre me han fascinado, lo siguen haciendo, de ahí locura por las tiendas de todo a un euro y esos interminables pasillos con mil tonterías de papelería en tonos rosa, amarillo, naranja y verde, puro amor.

Septiembre es sinónimo de cambio, de hacerse mayor sin dejar de ser esa niña pequeña que deseaba volver a clase. Reencuentros, nuevas metas, nostalgia por lo pasado e inquietud por lo que está por llegar.

Las cosas han cambiado mucho des desde aquel inicio de curso en el que decidí que sería periodista. Ya no suena el timbre, no hay bocadillo en el recreo, ni tardes de juegos en el parque. Cambiamos los juegos por los ratos de un pequeño banco, éramos mayores para comportarnos como críos, menuda risa me entra ahora al pensarlo, para por fin llegar a los ratos de cafetería y biblioteca, la realidad era otra, el futuro llamaba con fuerza y, de repente, todo terminó. No hubo más septiembres, no volvimos a empezar, no compramos más bolis de colores, no olía a libro nuevo.

Hoy alguien me ha pedido que le leyera una noticia como si estuviera haciéndolo en la radio y casi sin saberlo, ese sentimiento olvidado, ese septiembre escondido, ha vuelto a llamar a mi puerta para recordarme que jamás se fue, que siempre estará ahí para cuando lo necesite.

Son casi las nueve, no hay post-it de colores pero, todo saldrá bien.

 

S.O.

Miedo

Todos tenemos miedo, y quien dice que no está mintiendo. Las cosas que verdaderamente nos importan nos hacen sentir pequeños y atemorizados en algún momento y eso, a mi parecer, es incluso bueno. El que nada teme, nada le importa.

Hay semanas complicadas, en las que parece que todo te sale mal, y cuando el barco empieza a tomar el rumbo correcto, cuando las aguas parecen calmadas, ese amigo incesante, el miedo, vuelve a llamar a tu puerta con una idea que, aunque algunos consideren ridícula, a ti no te deja dormir.

Cuestionar qué estoy haciendo mal o peor, qué no he hecho, es uno de mis puntos fuertes. Echas la vista atrás y piensas, “tal vez el problema soy yo”, y entonces te das cuenta que si fuera así tus miedos te van a ganar la batalla.

Un nudo en el estómago continuado, y el incesante pensamiento “igual no valgo tanto la pena, y eso al final va a pesar demasiado”. Las horas se convierten en días, todo pesa, todo angustia y es entonces cuándo te das cuenta que no estás dispuesto a perder lo tuyo, y mucho menos dejar que nada ni nadie acabe con aquello por lo que tanto has peleado.

¿Sabéis? el miedo no nos hace débiles, sino valientes. Nos ayuda a luchar, a continuar aunque duela, pues un león herido es el más peligroso.

La felicidad es una guerra de mil batallas en la que jamás hay que tirar la toalla. Rendirse no es un opción, y como en todo en la vida, si hay que ir a la guerra, se va. Tranquilos, nací con el casco y las botas puestas.

S.O.

Demasiado azúcar

El trece es un buen número, aun cayendo en martes. Hoy, martes 13 de febrero es el Día Mundial de la Radio, y como bien sabéis muchos de vosotros, la radio ha sido, es y será mi compañera eterna de viaje.

Entre programas deportivos, tertulias y servicios informativos crecí, pues cada mañana escuchaba a Gabilondo narrar cómo amanecía el día, y qué podíamos esperar de nuestros políticos o de una economía con déficit de atención y evolución lenta. Las noches eran distintas, el Larguero, su sintonía pegadiza y el resumen de la jornada, todo un lujo para mis pequeños oídos.

Pensaréis, ¿y a qué viene todo esto? Pues viene a que la echo de menos. La niña creció, se hizo periodista, y encontró en la radio su pequeño escondite, un lugar en el que ser feliz, aunque, desgraciadamente, no todos los cuentos terminan bien.

Hoy quiero hacer un pequeño homenaje a este medio tan especial, y girar la tortilla, el entrevistador entrevistado. Si de algo estoy orgullosa es de ser la “mamá” de un pequeño espacio de entrevistas que cada jueves acercaba a un personaje público a gente. Una charla informal, con café y “Con Dos de Azúcar”.

Fueron muchas las preguntas, las anécdotas y las conclusiones que saqué de esos pequeños ratos sentada con la persona no con el concejal o senador de turno, por ello, hoy responderé yo a alguna de esas preguntas que un día hice.

Vamos allá…

¿Cómo ves el panorama actual para los jóvenes? ¿crees que trabajar y estudiar es posible?

No solo lo creo, lo he hecho. Tenemos que conseguir que los niños crean en la cultura del esfuerzo, que se marquen objetivos y, sobretodo, sepan lo que cuesta la vida. Combiné trabajo con universidad y creo que tampoco ha sido un esfuerzo tan tremendo.

¿Por qué periodismo?

La verdad, creo que me escogió él a mí. La vocación periodística me viene de pequeña. A penas hablaba y ya decía que quería ser periodista de fuMbol, sí, sí con M, la t en el centro era algo muy complicado para un niña de pocos años.

Y si no te hubieras decantado por el periodismo, ¿qué habrías estudiado?

Esto es curioso, pues siempre me dicen que dentro de lo malo escogí bien, pues ahora soy pobre por vocación, pero si no sería pobre porque todo me daría pena, pues la segunda opción tras Periodismo era Trabajo Social.

¿Cómo es Soraya en los círculos más íntimos?

Soy una persona cercana. Me considero una chica transparente, que siempre va de cara y con una clara intención, hacer felices a aquellos que siempre están ahí para sujetarme cuando me caigo, que por otra parte, son muchas las veces que rozo el suelo.

Hablemos de referentes.

Hay varias personas a las que admiro. Mis padres, por su valentía, por su incesante intento por conseguir que la vida de sus hijas fuera mejor que la suya. Son todo trabajo, y eso es admirable. A mi hermana, por constante, por el esfuerzo que siempre ha mostrado para conseguir ser la mejor, y como no, a él, a mi chico por su arrojo, por su lucha por alcanzar su sueño, por que nunca se ha rendido.

¿Dónde te ves en 5 años?

Creo que antes lo tenía claro, ahora no lo sé. En mi inocencia fantasiosa de los 20 recién cumplidos, me veía locutando partidos, haciendo noticias y con una vida maravillosa. Ahora, con algo más de experiencia, y más de un revés, creo que no es dónde sino con quién, eso sí lo tengo claro, con los míos, lo demás, ya vendrá.

Estas eran algunas de las preguntas que yo un día les hice a los que con gusto aceptaron ser entrevistados, gente a la que estaré siempre agradecida.

Por hoy, creo que ya está bien. Hay demasiado azúcar en este café y, para colmo, se ha quedado frío.

S.O.

Orgullo

El esfuerzo y la constancia es por aquello que nos tendríamos que sentir orgullosos, pero hoy no voy a hablar de mí, pues todavía no he entrado en esa fase, el momento en el que todo cambia y sientes que has hecho algo digno de ser recordado, pero alguien que quiero muchísimo sí lo ha hecho, y a mí se me queda pequeño el cuerpo para tanto orgullo acumulado.

Os cuento un poco. Hay personas con las que tienes una conexión especial, por suerte, yo tengo bastantes en mi vida, y mi primo, es uno de ellas. Pues bien, el pasado sábado, por fin, la gente pudo escuchar que, no solo es un maravilloso periodista, sino que además, es una persona sensata, de ideas claras y, lo más importante, con cabeza y corazón a partes iguales. Con los micrófonos de Tiempo de Juego como medio, Paco González empezó a leer un artículo de opinión de matrícula. Era de verdad, de los que duelen, y eso no lo sabe hacer todo el mundo.

Nos pasamos la vida criticando la mala imagen que crean los equipos de fútbol dejando que sus gradas se llenen de “aficionados” violentos, pero no hacemos nada. El que calla otorga, pero tú no has estado dispuesto a agachar la cabeza.

Hoy, miro al cielo y sé que él, el abuelo, estaría más orgulloso que nadie, pues lo has conseguido. Eres un profesional excelente y una persona indescriptible, os parecéis tantísimo, tan cabales, tan valientes.

Los valientes son aquellos que dicen lo que piensan. Los valientes no se esconden, sienten vergüenza y lo dicen, sin tapujos, sin excusas. Un día me dijeron que el mundo estaba al alcance de aquellos valientes que están a la altura de merecerlo, pues tú te lo has ganado con creces. Enhorabuena, Sergio.

S.O.

En la cresta de la ola

¿Sabes esa sensación de poder volar sin alas? Eso es estar en la cresta de la ola pero, lamentablemente, sI te caes te ahoga, no hay chaleco salvavidas.

Hace a penas un año, yo estaba sobre esa ola. Con tan solo 20 años los medios de comunicación eran mi segunda casa. No había terminado todavía la carrera y ya tenía sobre mi espalda unas prácticas en televisión, una estancia larga en radio, y algún que otro artículo publicado, vamos un sueño para una chica de “pueblo” que siempre había deseado ser periodista.

Todo parecía estar bien, pero solo es eso, apariencia. Un día todo cambió, la decisión fue difícil, la ola rompió fuerte contra el espigón y nada se puedo hacer para salvaguardar esa sensación de libertad.

Un año, qué rápido ha pasado todo, y yo sigo aquí, con más pena que gloria, más esperanza que lógica. Veo a mis amigos, esos que escogieron carreras de modo racional y no emocional como yo, y los envidio, pues al levantarse cada mañana tienen un rumbo fijado, el trabajo, y yo, entre las paredes de mi pequeño estudio pienso, “¿y si todo esto es consecuencia mía? tal vez no valga para ello”.

El 22 de diciembre, muchos seguían atentos a las pantallas por si les tocaba el Gordo de Navidad, yo entraba en la página del Servef para renovar el paro pensando que, la mejor lotería no era un trabajo ilusionaste. No hubo suerte, en ninguna de las dos cosas.

Una vez escribí que había nacido para ser ola, fuerte, imprevisible, intensa, aunque nunca pensé que las olas al llegar a la orilla tan solo son un poco más de agua entre tanta sal. Es duro, la verdad, aunque la actitud derrotista nunca me ha acompañado, prefiero pensar que, tras esta calma tensa y fría, hay una tormenta, en mi caso imperfecta, que volverá a levantar esa ola, y entonces, no la dejaré escapar.

S.O.