Miedo

Todos tenemos miedo, y quien dice que no está mintiendo. Las cosas que verdaderamente nos importan nos hacen sentir pequeños y atemorizados en algún momento y eso, a mi parecer, es incluso bueno. El que nada teme, nada le importa.

Hay semanas complicadas, en las que parece que todo te sale mal, y cuando el barco empieza a tomar el rumbo correcto, cuando las aguas parecen calmadas, ese amigo incesante, el miedo, vuelve a llamar a tu puerta con una idea que, aunque algunos consideren ridícula, a ti no te deja dormir.

Cuestionar qué estoy haciendo mal o peor, qué no he hecho, es uno de mis puntos fuertes. Echas la vista atrás y piensas, “tal vez el problema soy yo”, y entonces te das cuenta que si fuera así tus miedos te van a ganar la batalla.

Un nudo en el estómago continuado, y el incesante pensamiento “igual no valgo tanto la pena, y eso al final va a pesar demasiado”. Las horas se convierten en días, todo pesa, todo angustia y es entonces cuándo te das cuenta que no estás dispuesto a perder lo tuyo, y mucho menos dejar que nada ni nadie acabe con aquello por lo que tanto has peleado.

¿Sabéis? el miedo no nos hace débiles, sino valientes. Nos ayuda a luchar, a continuar aunque duela, pues un león herido es el más peligroso.

La felicidad es una guerra de mil batallas en la que jamás hay que tirar la toalla. Rendirse no es un opción, y como en todo en la vida, si hay que ir a la guerra, se va. Tranquilos, nací con el casco y las botas puestas.

S.O.

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