La vida en sabores

Aquellos que me conocen saben que tengo pocos imprescindibles pero, el comer es uno de ellos. Nos pasamos los días contando calorías, yo la primera, sin recordar los sabores de nuestra vida, y en mi caso son muchos. Pensaréis, ¿esta solo se dedica a comer? Pues no, pero ojalá, dado que no recuerdo ni un solo momento malo alrededor de una mesa.

Con la llegada de la Navidad muchos se agobian al pensar los kilos que se van a echar encima y sienten angustia al recordar esas mesas repletas de comida, lo peor es que no gastan esa fantástica memoria para darse cuenta que entorno a esa fiesta de la gastronomía se encuentra gente a la que quieren mucho.

Y es que, aunque no nos demos cuenta, todos podemos hacer un pequeño recopilatorio de los saberes de nuestra vida. Cierro los ojos e inicio ese recorrido. Desde el inicio apunté maneras, nací pequeña pero con mucha hambre. Mi primer recuerdo, el pescado con un poco de aceite y limón, una bobada para muchos aunque para mí, un todo, pues quien lo pescaba era mi padre.

El viaje sigue, y si quieres puedes acompañarme. Las tardes de bizcocho de huevo con una tableta de chocolate para merendar. Mi abuela siempre pedía merengue, a mi hermana y a mí no nos gustaba, pero el bizcocho, eso era otra cosa.

El camino es largo, y los sabores muy variados. Naranja, limón, fruta de la pasión, zanahoria, todo eso lo mezclas junto a otras muchas frutas y el resultado, un zumo, el que todos los veranos tenía preparado mi abuela en Lasarte para que mis primos, mi 99% -así llamo yo a mi hermana- y yo comiéramos, sí, han leído bien, para comer, y nosotros encantados.

Pero para cosas simples y perfectas, la carne que preparaba mi abuelo con su enorme sonrisa. Carne, cebolla, aceite, vinagre y aceitunas negras, una receta simple que nadie puede igualar, nunca ha vuelto a ser lo mismo. Cuando lo intentamos, y parece que nos sale similar, esa sonrisa vuelve. Lo dicho, perfecta.

El verano da para mucho. Levantarte temprano, ponerte el bañador y salir corriendo mientras tu tía prepara los sandwich del almuerzo. Arena, mar, baños interminables, y como resultado, un hambre terrible y un bocadillo que estaba más bueno que nunca.

Cuando hablamos de distancia las cosas incluso se magnifican. El arroz meloso de mi madre, ese que olía a mar, a gamba roja, a cariño, desde que me bajaba de coche tras llegar de Madrid. Ella sabía que estaría deseando comer algo muy suyo, no hacía falta pedirlo, y ese sabor, el del primero tras un tiempo fuera de casa, no se me olvida.

Las primeras palomitas con él en el cine, fíjate, hace casi 10 años y nunca han vuelto a estar tan buenas. Cacahuetes, aceitunas y unas cervezas junto a ellos, mis amigos. Rosquillas con naranja, queso de Idiazabal, todos tienen un hueco.

Los años pasan, y seguiré poniendo sabor a la vida, pues insisto, un buen recuerdo puede llevar sal y pimienta

S.O.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s