La Navidad, fiesta de claroscuros

Luces, árboles, y regalos, la Navidad se acerca. El Black Friday, los tradicionales encendidos de luces y Mercadona con sus roscones tempraneros de Reyes “sin relleno”, todo un detalle, pues hasta enero igual se nos pone malo, nos recuerdan que, la fiesta más familiar y consumista, está a la vuelta de la esquina.

La poco tradicional Barcelona ilumina sus Rambles con adornos navideños que no dejan indiferentes a los turistas que pasean por sus calles con la firme convicción de ser unos valientes que atraviesan las luces en una zona donde hace unos meses solo había oscuridad, un momento mágico que recordarán en sus respectivas cenas de Nochebuena, frente al pavo y las gambas rodeados de aquellos que más quieren.

Al final es eso. La Navidad es tiempo de reencuentros, del anuncio del Almendro con el hijo misionero que vuelve junto a su flamante labrador a casa cuando nadie lo esperaba, la madre y la abuela rebosan felicidad, todo es perfecto, al menos en los anuncios.

Todo esto está muy bien, y yo soy la primera que se sube al carro de, “¡qué bonito todo! Me voy a por el árbol más grande y un kilo y medio de bolas de colores y guirnaldas”. Pero, ¿la Navidad es solo eso?.

Cada año, millones de personas pasan estas fiestas solos, entre recuerdos que les llevan a momentos maravillosos y aumentan su sensación de soledad y tristeza. La televisión, y el ajetreo en las calles, les anuncian que ha llegado la fiesta de la familia, y ellos, no lo van a compartir con nadie. Son las 21.30h, los pequeños empiezan a llegar, la vecina sale a su encuentro, es momento de buscar cobijo bajo la manta, los días son más cortos y menos tristes cuando duermes.

El frío es parte de la fiesta, cuanto más, mejor. Las estufas, chimeneas y la calefacción trabajan duro. Las calles heladas, las luces a medio gas, y bajo ese manto de tristeza, ellos, arropados con cartones, invisibles, solos.

La noche transcurre con normalidad. A ti, como de costumbre, te ha tocado sentarte al lado de la típica prima que no te deja ni una sola gamba, y piensas “el año que viene no me pasa”. Los niños, inquietos, rozando el pesado, esperan a “Papá Noel” un señor con barba, gafas, un trineo y unos cuantos renos voladores, directo desde Laponia cargado de juguetes.

Los pequeños repasan lo ejecutado. ¿Carta? sí, ¿dirección? correcta. Perfecto, nada puede fallar, en unos minutos el anciano simpático dejará sus juguetes bajo del árbol, y hará de la Navidad su fiesta favorita.

Mientras, en otras casas, los pequeños cenan pechuga de pollo y patatas fritas. Se entretienen con los villancicos de la televisión,  sabiendo que, un año más el callejero que venden en Laponia no lleva su dirección. No pasa nada, con poco se conforman. Esta noche, las patatas llevan ketchup.

S.O.

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